HomeNoticiasInternacionales♦♦Primeurs 2025, viajar por Burdeos sin moverte de Madrid

♦♦Primeurs 2025, viajar por Burdeos sin moverte de Madrid

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Catar Burdeos en primeur tiene algo de viaje al futuro. También de apuesta. Una prueba un vino que aún está en camino, intenta imaginar qué será dentro de dos años y, si todo encaja, compra cuando se puede comprar para beber cuando se pueda beber.

Es decir: paciencia con tarjeta de crédito.

Ayer, en el salón Primeurs Burdeos 2025 & Grandes Añadas de Lavinia, dentro del Rosewood Villa Magna, ese ejercicio se convirtió en algo más bonito. No fue solo una cata. Fue un viaje por Burdeos sin salir de Madrid. Íbamos de mesa en mesa como quien cruza ríos, gravas, arcillas, calizas y nieblas atlánticas. En una copa aparecía Margaux. En otra, Saint-Émilion. Después llegaba Saint-Estèphe con su carácter. Más tarde, Haut-Médoc ponía sentido práctico. Y Saint-Julien, siempre tan educado, ordenaba el mapa.

Comprar ahora, beber después

La venta en primeur tiene su liturgia. El vino aún no está terminado. Sigue en crianza. Todavía no ha salido al mercado. Sin embargo, ya enseña señales. Fruta, tanino, acidez, textura, intención y una pregunta: ¿merece la pena esperarlo? Por eso catar primeurs no va solo de gusto inmediato. Va de intuición. También de memoria. Hay que probar la añada joven y, al lado, escuchar lo que dicen las grandes añadas ya listas. Así se entiende mejor la evolución.

En el Villa Magna catamos 2025 mirando hacia delante. Pero también bebimos pasado, presente y cambios de estilo. Algunos châteaux parecían hablar con su historia. Otros enseñaban una etapa nueva. Y ahí empezaba lo interesante.

Margaux: la elegancia que no necesita gritar

Margaux suele ser una palabra suave. Suena a grava fina, a perfume elegante y a seda con nervio. Sin embargo, no hay que confundir elegancia con debilidad.

Château Lascombes 2016 fue un buen ejemplo. Entraba con clase, pero no con timidez. Tenía fruta madura, estructura y esa manera de estar en copa que no necesita empujar para hacerse notar. Además, Lascombes vive un momento muy interesante. La llegada de Axel Heinz ha abierto una etapa nueva. El 2025 apunta a un cambio de lectura: más precisión, más selección de parcela y menos ganas de impresionar por volumen. Por eso me parece una compra muy recomendable. No solo por lo que promete la añada, sino por lo que anuncia la casa.

También en Margaux, Château Rauzan-Ségla 2016 estuvo brutal. Brutal con educación, que es todavía mejor. Profundo, amplio, elegante y con una textura que te obliga a bajar la voz. Después apareció el Rauzan-Ségla 2025. Todavía es una promesa, claro. Pero tiene pinta de querer superar al 2016. No por músculo, sino por equilibrio. Hay vinos jóvenes que parecen decir demasiado. Este parecía saber callarse lo justo.

Saint-Émilion: caliza, fruta y compras inteligentes

Al cruzar mentalmente a la margen derecha, cambia el paisaje. La grava deja paso a la caliza y a la arcilla. La Cabernet se aparta un poco y la Merlot toma la palabra, aunque la Cabernet Franc suele poner el acento más fino.

En esa zona, Château Berliquet 2019 fue una de las grandes alegrías. Tiene una relación calidad-precio difícil de discutir. No va de monumento. Va de equilibrio, fruta, frescura y elegancia amable. Es el tipo de Burdeos que una recomienda sin miedo. Quedas bien, bebes bien y no tienes la sensación de haber financiado una pequeña guerra familiar.

Luego estaba Château Canon. Y Canon, sinceramente, rara vez defrauda. El Canon 2025 no parece que vaya a hacerlo. Tiene tensión, fruta limpia, profundidad y esa luz de Saint-Émilion cuando la caliza manda. No es un vino para buscar fuegos artificiales. Es un vino para esperar con calma y mucha confianza.

Muy cerca en espíritu apareció Château de Ferrand, que pedía una lectura por añadas. El 2018 está para beber ahora. No lo dejaría dormir mucho más. Está en ese momento en el que el vino pide mesa, no mausoleo. En cambio, el 2025 mostraba mejor evolución. Tenía más calma, más integración y ese punto de madurez que hace que un Burdeos por debajo de ciertos precios sea una pequeña victoria. Si ronda menos de 35 euros, es de esos vinos que conviene tener localizados.

Saint-Estèphe: viento, estructura y Cos d’Estournel

Saint-Estèphe tiene otra energía. Allí el vino parece venir con abrigo, botas y una mirada más seria. Hay más estructura, más músculo contenido y una elegancia un poco oscura.

En esa zona, Château Cos d’Estournel volvió a demostrar por qué nunca defrauda. La añada 2012 estaba para bebérsela entera en ese momento. No para diseccionarla hasta dejarla sin alma. Para beberla. Tenía evolución, especias, profundidad y una armonía preciosa. A veces un vino no necesita que lo analices durante diez minutos. Te dice: ahora. Y tú obedeces.

El Cos d’Estournel 2025, en cambio, habla de futuro. Ahí no estamos ante una botella de descorche rápido. Estamos ante una compra de guarda, una inversión emocional y también económica si se entiende el juego.

Porque comprar primeurs no es comprar sed. Es comprar espera.

Haut-Médoc: Cantemerle y el arte de quedar bien

Hay vinos que sirven para quedar bien sin parecer que lo intentan. Château Cantemerle tiene esa virtud. El 2017 y el 2015 recordaron que Burdeos también puede ser razonable. Cantemerle no pretende ser el protagonista dramático de la película. Sin embargo, cumple con elegancia, frescura y estructura.

Por debajo de los 40 euros, es un Burdeos para llevar a una cena y quedar como una persona con criterio. No hace ruido. No decepciona. Y eso, a veces, vale más que muchas etiquetas con ínfulas. Además, el Cantemerle 2025 en primeur se mueve en una zona muy interesante de precio, por debajo de los 30 euros en algunas ofertas. Para quien quiera empezar en primeurs sin saltar al vacío, tiene mucho sentido.

Saint-Julien: la calma de Las Cases

Saint-Julien suele traer equilibrio. Ni la seducción aérea de Margaux ni la severidad de Saint-Estèphe. Más bien una compostura muy bordelesa, con estructura, clase y proporción.

En ese paisaje, el 2006 de Léoville Las Cases fue un clásico equilibrado. No era un vino para gritar “mírame”. Era un vino para asentir despacio. Tenía medida, calma y esa forma de ordenar la copa que tienen los grandes Burdeos cuando ya no necesitan demostrar nada. Después de vinos más expresivos, agradecí esa serenidad.

Porque Burdeos también es eso: no siempre emoción desatada. A veces es equilibrio. Y el equilibrio, cuando está bien hecho, puede ser muy emocionante.

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