El feminismo no nació de una ocurrencia ni de un capricho estético: nació de la constatación —tangible, histórica y jurídica— de que las mujeres éramos tratadas como ciudadanas de segunda. Derecho al voto, acceso al empleo, autonomía económica, libertad sexual, protección frente a la violencia… nada de eso fue un regalo ni una concesión: fue una conquista. Y las conquistas sociales siempre tienen nombre propio, fecha y resistencia.
El voto femenino
En España, las mujeres ya empezaron a organizarse a principios del siglo XX. Mujeres como María Espinosa de los Monteros se atrevieron a reclamar lo que ahora puede parecer obvio: igualdad civil, profesional y política. Fue esa energía la que impulsó que, en 1931, las mujeres obtuvieran el derecho al voto y participaran, por primera vez, en unas elecciones generales en 1933.
El permiso marital, y luego el divorcio
Pero la historia no es lineal. Después de la Segunda República llegó una época donde muchas de esas conquistas se borraron o se limitaron. Fueron décadas en las que las mujeres vivieron bajo un régimen donde la ley no nos consideraba plenamente autónomas. Por ejemplo: durante el franquismo y hasta 1975, las mujeres casadas no podíamos tomar muchas decisiones sin el consentimiento del marido. Era lo que se conocía como permiso marital: sin él, no se podía firmar contratos, disponer de bienes o incluso abrir una cuenta bancaria. Mi madre —nacida en 1931— vivió eso parte de su vida adulta. No era una metáfora ni un cliché: era ley.
La abolición del permiso marital en 1975 y las reformas del Código Civil en los años siguientes fueron pasos gigantescos. El derecho al divorcio, la equiparación jurídica en el matrimonio y la igualdad ante la ley hicieron que la vida de las mujeres dejara de estar sujeta a las decisiones de otras personas. Pero la igualdad no se escribe solo con tinta legal: se practica, se vive, se debate.
Hoy, el feminismo sigue siendo la reivindicación de igualdad de derechos, de oportunidades y de respeto, sin renunciar a nada de lo que nos hace humanos. Igualdad económica, laboral, política y social. Igualdad de trato. Igualdad de dignidad. Ese fue el objetivo original y ese debe seguir siendo el objetivo contemporáneo.
El falso feminismo
Sin embargo, en la conversación pública aparece a menudo lo que podríamos llamar falso feminismo. Versiones del discurso que, en lugar de buscar igualdad, alimentan el enfrentamiento, la superioridad moral o el odio. Ese no es el feminismo que necesitamos. Ese no es el feminismo que logrará cambios profundos ni sostenibles. El feminismo que nos conviene es el que expande derechos y elimina barreras, no el que busca reemplazar opresores con opresoras.
No se trata de negar que existen problemas muy reales que afectan a todos los géneros. Un hombre acosado merece la misma defensa, el mismo apoyo y la misma justicia que una mujer acosada. Pero negar las desigualdades estructurales que afectan de forma desproporcionada a las mujeres no ayuda a nadie. Negar la realidad estadística es reemplazar la lucha por la ilusión.
La violencia de género
Porque la realidad, por dolorosa que sea, merece ser mirada de frente. Desde 2003, en España han sido más de 1.350 mujeres asesinadas por violencia de género. Esos no son números fríos: son vidas que terminan por razones que tienen raíces en la desigualdad.
Las macro-encuestas sobre violencia muestran que una de cada cuatro mujeres ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja o expareja. Es una realidad que no desaparece con consignas, pero sí puede mitigarse con políticas, educación y justicia efectiva.
El trabajo
La desigualdad en el trabajo persiste. Más del 28 % de las mujeres ha sufrido acoso sexual en el entorno laboral, y la brecha salarial de género sigue siendo una asignatura pendiente. Las mujeres, en promedio, ganan menos que los hombres por el mismo trabajo y ocupan menos puestos de liderazgo. Además, la carga de trabajo no remunerado,cuidado de personas, tareas del hogar, sigue recayendo mayoritariamente en mujeres. Esto limita oportunidades y perpetúa desigualdades.
Esto no es una “guerra de géneros”. Es una constatación de hechos que requieren respuesta social, educativa, política y legal. Y es también la razón por la que un feminismo serio —ese que reivindicamos— no puede ni debe confundirse con odio, ni con revanchismo.
La igualdad de derechos
El feminismo que ha cambiado la vida de generaciones es el que reclama igualdad de derechos, no superioridad moral. El feminismo que funciona no cancela, sino que propone políticas que aseguran que todas las personas puedan vivir libres de violencia, con dignidad y con las mismas oportunidades.
El feminismo de verdad no busca enemigos: busca justicia. No genera odio: genera conversación, crítica, escucha y reforma. Y seguirá consiguiendo cosas —porque todavía quedan muchas por alcanzar— si se mantiene fiel a su origen: la demanda de igualdad real y efectiva, sin renegar de los principios de justicia, empatía y responsabilidad.
La igualdad no es un privilegio que se pide. Es un derecho que se reclama, se conquista y se practica día a día. Y eso, incluso ahora, sigue siendo una obra abierta.










