Llegué a Viena y la ciudad estaba como no se espera de una señora imperial: un poco despeinada, musical, llena de carteles, de turistas, de acreditaciones colgando del cuello, de copas en una mano y móviles en la otra. Por dentro, la Hofburg acogía VieVinum, la gran feria del vino austríaco. Por fuera, Viena estaba tomada por Eurovisión. Y entre medias, como si la ciudad quisiera rematar el collage, aparecían los carteles de Patti Smith, anunciando su concierto en Arena Wien del 21 de mayo y su presencia en la apertura gratuita del Wiener Festwochen en Heldenplatz al día siguiente. Punk, palacio, vino y pop europeo. Viena, cuando quiere, también sabe ponerse canalla.
VieVinum se celebró del 16 al 18 de mayo de 2026 en la Hofburg Vienna, con unos 550 expositores y alrededor de 15.000 visitantes. La feria volvió a demostrar que Austria tiene una manera muy suya de enseñar el vino: sin gritar, sin despeinarse demasiado, pero colocando productores, sumilleres, prensa y compradores bajo lámparas que parecen haber visto pasar medio continente.
Entrar en VieVinum es entrar en otra película
Hay ferias de vino que parecen aeropuertos con copas. VieVinum no. VieVinum tiene el descaro de montarse dentro de un palacio.
La Hofburg no es un fondo bonito para Instagram. Fue el centro de poder de los Habsburgo durante más de siete siglos y sigue siendo uno de los grandes complejos palaciegos de Europa. En esos salones se gobernó, se conspiró, se bailó, se cenó, se decidió demasiado y, seguramente, también se mintió con mucha educación. Por allí pasaron monarcas, presidentes y compositores como Haydn, Beethoven y Mozart; incluso el encuentro entre Kennedy y Khrushchev tuvo la Hofburg como escenario.
Por eso, caminar por VieVinum no era solo ir de stand en stand. Era atravesar capas de historia con una copa en la mano. En el Rittersaal, donde fue bautizada María Teresa, aparecía Georgia con sus qvevris y su memoria de barro. En el Zeremoniensaal, donde Napoleón pidió la mano de María Luisa, se hablaba de Estiria, de Sauvignon Blanc y de precisión. En el Festsaal, uno de los grandes salones de la Hofburg, el vino de Burgenland levantaba su bandera con naturalidad. Y en el Marmorsaal, Alemania e Italia recordaban que esta feria no iba solo de Austria, aunque Austria fuera la dueña del tono.
Fuera sonaba Eurovisión
Lo mejor era el contraste.
Dentro de la Hofburg, copas finas, productores explicando su suelo, gente hablando de añadas con la seriedad de quien analiza un tratado. Fuera, carteles de Eurovisión, fans, banderas, canciones, brillos, acentos, euforia y esa alegría un poco desquiciada que solo Eurovisión sabe fabricar sin pedir perdón.
La final del Eurovision Song Contest 2026 fue el 16 de mayo en la Wiener Stadthalle, justo cuando VieVinum abría sus puertas. Ganó DARA, representante de Bulgaria, con Bangaranga, 516 puntos y la primera victoria de Bulgaria en la historia del festival. Además, ganó tanto el voto del jurado como el televoto, algo que no ocurría desde 2017.
Y, claro, eso le daba otro pulso a la ciudad. Porque mientras en un salón alguien cataba un Riesling austríaco con cara de estar escuchando a Mahler, a pocas paradas de metro Europa estaba entregando sus doce puntos como si se acabara el mundo. Me pareció maravilloso. VieVinum y Eurovisión no son tan distintos como aparentan. Los dos intentan responder a la misma pregunta: quiénes somos cuando nos juntamos.
Uno lo hace con vino. El otro, con lentejuelas.
Los ganadores: del Bangaranga al vino serio
La ganadora oficial de Eurovisión fue DARA, sí, pero el festival también repartió los Marcel Bezençon Awards. El premio de la prensa fue para Delta Goodrem, de Australia, por Eclipse. El premio artístico fue para DARA, por Bangaranga. Y el premio de composición fue para el equipo de Før Vi Går Hjem, la canción de Dinamarca interpretada por Søren Torpegaard Lund. Me gusta que existan estos premios paralelos, porque recuerdan que no todo lo importante cabe en el marcador final.
En VieVinum, en cambio, no hay un “ganador de la feria” como si esto fuera Eurovisión con copas. Y menos mal. El vino se lleva fatal con los rankings absolutos. Pero sí hubo premios importantes durante la feria, y el nombre que más brilló fue Christian Tschida, de Illmitz, en Burgenland, elegido por Falstaff como Winemaker of the Year 2026. Sus vinos, con nombres como Laissez-faire, Non Tradition o Heaven on Earth, hablan de una Austria menos rígida, más libre y más contemporánea.
También se entregaron en VieVinum los premios Star Wine List of the Year Germany, Austria and Switzerland 2026. En Austria, entre los ganadores Gold Star estuvieron Die Weinbank en Ehrenhausen como mejor carta larga, Restaurant Esskultur en St. Jakob in Haus como mejor carta mediana, Selektion Vinothek Burgenland en Eisenstadt como mejor carta corta, Pub Klemo en Viena por vinos por copas, Griggeler Stuba en Lech por espumosos, frigo en Viena como mejor nueva carta y Glacis Beisl con el premio especial del jurado. Dicho así suena a lista, pero en realidad habla de algo precioso: el vino no termina en la bodega, termina cuando alguien sabe servirlo.
Austria no necesita gritar
Lo que más me gusta del vino austríaco es que no tiene ansiedad por gustar. No entra en la copa haciendo aspavientos. En general, llega con precisión, con acidez, con limpieza, con ese punto de elegancia que parece fácil y no lo es.
El Grüner Veltliner sigue siendo su gran tarjeta de visita. Puede ser fresco, directo, con ese toque de pimienta blanca que lo hace peligrosamente gastronómico. Pero también puede volverse profundo, serio, casi arquitectónico, cuando viene de grandes suelos y buenas manos.
El Riesling austríaco tiene otra manera de seducir. No busca perfume fácil. Prefiere la tensión. Tiene filo, fruta contenida, mineralidad y una capacidad preciosa de quedarse en la memoria sin hacer ruido.
Y luego está Blaufränkisch, que para mí es una de las uvas tintas más interesantes de Europa Central. Tiene nervio, frescura, carácter y una forma de beberse que no necesita músculo de gimnasio. En VieVinum incluso tuvo su propia pequeña diplomacia líquida con la United Nations of Blaufränkisch, una zona que reunía vinos de Serbia, Hungría, Eslovenia y Rumanía junto a sus parientes de la región.
Georgia puso el barro sobre la mesa
Uno de los golpes de belleza de esta edición fue Georgia como país invitado. Unas 25 bodegas georgianas presentaron sus vinos en la Hofburg, con variedades como Rkatsiteli, Kakhuri Mtsvane, Kisi y Saperavi, y con esa tradición de qvevri que parece venir de un tiempo anterior a nuestras prisas.
Me pareció un gesto muy potente. En un palacio imperial vienés, entre lámparas, mármoles y escaleras, Georgia llegaba con vino de barro y ocho mil años de memoria. Es difícil no rendirse ante esa imagen.
Además, el vino ámbar ya no se puede tratar como una extravagancia de modernos con camisa de lino. Puede gustar más o menos, claro. Pero cuando está bien hecho, tiene una manera brutal de poner en la copa piel, tierra, fruta seca, té, especia y textura. No pide permiso. Entra y cambia la conversación.
Los vinos que daban tema
Entre los vinos que más conversación generaron estuvo el nuevo Wachauer Pinot Noir de F.X. Pichler, una casa famosa por sus grandes blancos de Wachau. Lucas Pichler presentó las añadas 2022, 2023 y 2024 de su primer tinto, con una producción muy limitada y una idea clara: no hacer un Pinot de potencia, sino de tensión, claridad y longitud. Las añadas 2022 y 2023 saldrán al mercado en septiembre de 2026, con unas 2.000 a 2.200 botellas.
Ese detalle me parece muy VieVinum. Una feria elegante, sí, pero no quieta. Austria sigue defendiendo sus blancos, pero también se permite abrir ventanas. Pinot Noir en Wachau, Sauvignon Blanc de Estiria con ambición, Sekt Austria cada vez más serio, Blaufränkisch con conversación internacional y vinos sin alcohol intentando no ser el primo triste de la mesa.
Porque también estuvo Zone Zero, dedicada a alternativas sin alcohol, con unos 80 productos para catar y debates sobre fermentación, sostenibilidad y viabilidad económica. Incluso se entregaron allí premios del Austrian Zero Award 2026. Y aunque yo sigo siendo muy de copa con alma, me parece inteligente que una feria grande no mire este tema con soberbia. Beber bien también significa saber cuándo no beber.
Patti Smith, o la señal de que Viena no estaba dormida
Y entonces, al salir, ahí estaba Patti Smith.
No literalmente, claro. Estaban sus carteles, que a veces hacen casi el mismo efecto. La ciudad anunciaba el concierto del Patti Smith Quartet y la apertura del Wiener Festwochen, también con ella como una de las grandes estrellas. Una programación que mezclaba gospel, punk, tradición vienesa y ese concepto tan suyo de “belleza y escándalo”.
Me pareció el cierre perfecto para todo lo que estaba pasando. Dentro, el vino austríaco demostraba que la elegancia puede ser emocionante. Fuera, Eurovisión gritaba que Europa todavía sabe montar una fiesta absurda y maravillosa. Y Patti Smith, desde los carteles, recordaba que la cultura no tiene que estar domesticada para ser importante.
Viena, de repente, no era postal. Era ciudad viva.
VieVinum o cómo beberse Europa sin pedir perdón
Al final, VieVinum me interesó por la calidad de los vinos. Pero también por el contexto. Porque catar un Grüner Veltliner bajo una lámpara imperial no es lo mismo que catarlo en una sala blanca. Porque probar un qvevri georgiano en la Hofburg tiene una carga simbólica preciosa. Porque ver a profesionales del vino hablar de mercado, de futuro y de sostenibilidad mientras fuera Eurovisión convertía la ciudad en una verbena continental era casi demasiado bueno para no contarlo.
VieVinum tuvo algo de gran salón europeo. No de Europa institucional, sino de Europa vivida. La de las lenguas mezcladas, los productores pequeños, las grandes casas, los sumilleres con agenda imposible. También, los vinos que vienen de suelos raros, los países que cantan mal y aun así emocionan, las divas pop, los punkis sagrados y las botellas que no necesitan traducirse.
Yo entré en la Hofburg pensando en vino.
Salí pensando que Viena había montado, sin querer o queriendo, una escena perfecta. Dentro, el vino con toda su seriedad luminosa; fuera, Eurovisión con su locura. Ademá, Patti Smith como aviso de que la cultura sigue siendo mejor cuando no se porta del todo bien.
Y quizá por eso VieVinum funciona tan bien.
Porque Austria no solo enseñó vinos.
Durante tres días, puso a Europa a beber en palacio.






