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♦♦Nos vemos en Vinoble

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Hay ferias que se visitan. Y hay ferias que se esperan como se espera una feria de abril con gente querida o ese grupo de WhatsApp que, por fin, pasa del “a ver si nos vemos” al abrazo de verdad. Vinoble es de esas. Y por eso su regreso, tiene algo de celebración íntima y colectiva a la vez. Del 30 de mayo al 1 de junio de 2026, Jerez volverá a reunir en el Alcázar a profesionales, bodegas, compradores, periodistas y devotos de los vinos nobles, generosos, licorosos y dulces especiales.

Porque Vinoble no es solo una feria.

Es una manera de encontrarse. Una de esas raras ocasiones en las que media España del vino baja al sur. Como si alguien hubiese dicho: “dejad de mandar mensajes y venid a tomaros ya ese palo cortado pendiente”. La cita, además, no sucede en un pabellón anónimo ni en un recinto de esos que podrían estar en cualquier ciudad. Sucede en el Alcázar de Jerez, una fortaleza de origen almohade, con jardines, murallas, patios. Este paisaje convierte cualquier copa en una escena de culto.

Y ahí está parte de su magia. Tiene la seriedad profesional de las ferias importantes, sí, pero también una temperatura emocional que no se compra con moqueta ni con acreditaciones. Se va paseando hacia el Alcázar y, sin haber quedado del todo, uno empieza a recoger amigos por el camino. Primero ves a alguien en una esquina. Luego te cruzas con otro frente a una bodega. Después aparece alguien que venía “solo un rato” y acaba contigo tres horas más tarde, copa en mano, hablando de amontillados, de la vida, de quién abrió esa botella inolvidable y de dónde se cena luego.

Jerez, además, juega con ventaja. Hay ciudades que acogen ferias. Y luego está Jerez, que directamente parece haber nacido para esto. La ciudad vive atravesada por el vino, por el flamenco y por una forma de entender la hospitalidad que no necesita impostar nada. El propio portal turístico oficial la presenta como un destino marcado por su historia, su cultura, sus bodegas y el universo del sherry. La oferta turística local subraya también el peso del flamenco y hasta las rutas dedicadas a Lola Flores, hija espiritual y sonora de la ciudad.

Por eso, cuando paseas por Jerez, da la sensación de que el vino no está solo en las copas. Está también en el aire. En el eco de una guitarra. En una conversación que arranca técnica y termina sentimental. En ese rumor de fiestas paralelas, tapas, mostradores encendidos y bodegas abiertas que convierten la ciudad en una celebración continua. No es una licencia poética decir que Jerez se transforma; las propias fuentes oficiales de turismo lo presentan como un escaparate internacional del mundo vitivinícola cada vez que se celebra la feria.

Y luego está el corazón del asunto: los vinos.

Está dedicado en exclusiva a los llamados vinos nobles, generosos, licorosos y dulces especiales. Una especialización que lo convierte en una cita singular dentro del calendario ferial internacional. Ahí reside buena parte de su personalidad: aquí no vienes a picotear de todo. Vienes a celebrar una forma de hacer vino que exige tiempo, tradición, complejidad y carácter.

En otras palabras: aquí manda el mundo del generoso. El fino que afila. La manzanilla que refresca como una ventana abierta. El amontillado que entra educado y luego te cuenta una novela entera. El oloroso que parece vestir terciopelo. El palo cortado, que siempre tiene algo de mito bien peinado. Y, por supuesto, ese universo de dulces, encabezado en Andalucía por los Pedro Ximénez y los moscateles, capaz de convertir un final de cata en un pequeño acto religioso. Vinoble le da a todos ellos el escenario que merecen.

No es extraño que haya tantas ganas. La edición de 2024 cerró con 10.000 visitas, la mayor asistencia de su historia. Según los datos oficiales de la organización, reunió 164 bodegas y más de 800 referencias de vino, confirmando que Vinoble no solo emociona: también pesa de verdad en el negocio del vino. Así que sí, este año viene con expectativas altas. También con una ciudad volcada.

Pero reducir Vinoble a cifras sería quedarse solo con la parte del Excel. Y Vinoble, por suerte, sucede también en lo intangible. En la emoción de volver a ver a gente que entiende por qué una copa de viejo amontillado puede arreglarte la tarde. En ese placer tan español, y tan poco digital, de comer y beber con amigos. En los corrillos improvisados. En las cenas que se alargan. En las visitas que se encadenan. En las catas que no paran. En la sensación de que, durante tres días, el vino deja de ser únicamente producto, discurso o tendencia y vuelve a ser lo más importante que debería ser casi siempre: una excusa maravillosa para reunirnos.

Quizá por eso Vinoble tiene algo tan difícil de copiar. No vive solo de su prestigio profesional ni de su singularidad temática. Vive también de esa alegría de volver. De ese “¿dónde estás?” que acaba en abrazo. De esa ciudad que, cuando le da por sacar su lado más bodeguero y más flamenco, parece susurrarte al oído canciones de Lola Flores mientras tú intentas decidir si vas a por otro palo cortado o si te portas bien. Spoiler: en Jerez, y durante Vinoble, casi nadie se porta bien. Y menos mal.

Porque al final uno va por el vino, claro. Pero vuelve por la gente. Y ahí está la grandeza de esta feria. Logra ser internacional, especializada y profesional sin perder nunca el alma de verbena culta, de romería ilustrada. Es el gran encuentro entre quienes saben que en España hay pocos patrimonios emocionales tan poderosos como una copa buena compartida a tiempo.

Vinoble regresa del 30 de mayo al 1 de junio de 2026 en el Alcázar de Jerez. Y, francamente, ya hay ganitas.

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