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Titanio, templos y copas: los proyectos culturales del vino en España que son pura arquitectura

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El vino siempre fue arquitectura. Antes incluso de que Gehry desplegara sus cintas de titanio en Elciego, ya había monasterios que levantaban claustros como catedrales líquidas. Pero hoy, en el país de las rotondas infinitas y los aeropuertos sin aviones, lo que da estatus no es la pista de aterrizaje, sino la bodega con arquitecto estrella. En España ya no basta con tener tempranillo: hay que tener un Norman Foster, un Zaha Hadid o, en su defecto, un Calatrava bien plantado.

Ahí está Marqués de Riscal, convertido en parque temático del vino y del titanio. El hotel de Frank O. Gehry, con sus ondas metálicas de color oro y púrpura, parece una botella descorchada por Dalí después de una sobremesa larga. El visitante llega buscando vino y se encuentra con un Guggenheim rural, un Bilbao reubicado entre cepas. Y mientras uno se pierde en los pliegues de titanio, el rioja espera en copa, más discreto que el arquitecto.

Unos kilómetros más allá, en Laguardia, Santiago Calatrava construyó la bodega Ysios. Fachada ondulada, tejado como un electrocardiograma de Garnacha. Una catedral moderna, que parece diseñada para que el vino se sienta dentro de un auditorio de piano de cola. El problema es que aquí, como siempre con Calatrava, uno teme que llueva dentro o que las uvas resbalen por la cubierta. Pero la postal funciona, y los turistas acuden en procesión, como si visitaran la Sagrada Familia del tempranillo.

En Haro, R. López de Heredia juega a lo contrario: tradición centenaria abrazada por la vanguardia. Zaha Hadid diseñó un pabellón que protege un stand modernista de principios de siglo XX. Una arquitecta estrella cuidando la estrella de otra época. Un diálogo improbable: la diva del deconstructivismo custodiando a una reliquia decimonónica. Como si Björk se dedicara a versionar zarzuela con respeto. Funciona, y muy bien.

Más al sur, en Ribera del Duero, Norman Foster levantó Bodegas Portia. Un trébol futurista de acero y hormigón, diseñado para que cada pétalo albergue una fase del vino. Una especie de nave nodriza que aterrizó en medio de Burgos, lista para despegar con barricas en lugar de astronautas. Y mientras la estética industrial fascina a los visitantes, las uvas se convierten en Ribera con disciplina inglesa. proyectos culturales del vino en España

Cerca, en Peñafiel, las Bodegas Protos decidieron que Richard Rogers y Alonso Balaguer trazaran un edificio que se arrima al castillo medieval como si quisiera robarle protagonismo. Galerías subterráneas que parecen túneles del metro, pero con destino más feliz: la copa de un reserva. Arquitectura de museo del vino que no se conforma con enseñar la historia, sino que se integra en ella, casi rivalizando con la fortaleza en la colina.

Y no olvidemos el caso más barroco. Bodegas Tradición, en Jerez, donde la arquitectura no se firma con hormigón y titanio, sino con Velázquez, Zurbarán y Goya colgados en sus muros. Aquí la bodega es pinacoteca, y cada copa de oloroso se sirve bajo la mirada de un maestro barroco. Una mezcla que hace que cualquier museo nacional se sonroje. Prado de vinos, patrimonio líquido que se degusta. proyectos culturales del vino en España

Los museos puros del vino completan este mapa cultural. El Vivanco, en Briones, despliega 4.000 metros cuadrados de historia líquida, desde ánforas romanas hasta Sacras de Picasso, demostrando que el vino es tan universal como la rueda. El VINSEUM, en Vilafranca del Penedès, guarda las culturas vitivinícolas catalanas como si fueran códices medievales. Y en Lanzarote, El Grifo convierte su museo y festival Sonidos Líquidos en un Woodstock volcánico con vino y guitarras bajo los malpaíses.

España, pues, no solo embotella riojas y albariños. Embotella arquitecturas, museos y festivales como si el vino fuera excusa y el espectáculo el verdadero objetivo. Aquí el brindis se hace entre titanios, bóvedas, pinacotecas y guitarras eléctricas. Y el vino, paciente, observa cómo su cultura se eleva a categoría de espectáculo. Porque en el fondo, la copa es lo de menos: lo importante es la foto, el selfie con el titanio de fondo y el hashtag #WineLovers.

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