No hace falta haber compartido mesa con alguien para reconocer su voz. A veces basta con probar sus vinos. Michel Rolland, fallecido el 20 de marzo de 2026 a los 78 años, fue una de esas figuras cuya personalidad parecía quedarse dentro de la copa.
No fui amiga de Michel Rolland. Ni puedo contar una conversación larga con él, ni una comida memorable, ni una de esas anécdotas que convierten un nombre ilustre en un recuerdo privado. Le vi de pasada. Lo justo para reconocer una presencia. Pero hay personas a las que una no necesita conocer del todo para intuir algo esencial. A veces, porque su obra habla antes que ellas. Y en el caso de Michel Rolland, sus vinos hablaban de él más que cualquier autobiografía. porque
Rolland nació en Libourne, en 1947, creció en el entorno de Château Le Bon Pasteur, en Pomerol, y se formó en viticultura y enología antes de convertirse en una de las figuras más influyentes del vino contemporáneo. Junto a Dany Rolland construyó una trayectoria que desbordó Burdeos y acabó marcando regiones enteras, estilos enteros y hasta generaciones enteras de enólogos.
Su muerte, ocurrida el 20 de marzo de 2026 tras un infarto, ha sido leída por buena parte del sector como el final de una era. No solo desaparece un gran consultor. Desaparece uno de los nombres que mejor explican cómo el vino dejó de ser un territorio local para convertirse también en una conversación global. Decanter lo define como el primer gran “flying winemaker” . Uno de los consultores más influyentes del mundo; otras fuentes recuerdan que trabajó con más de 150 bodegas en más de 20 países a lo largo de más de cinco décadas. porque
Hablar de Michel Rolland es hablar de una forma de entender el vino.
Hablar de una búsqueda consciente de madurez, textura, seducción, equilibrio y precisión. De vinos pensados no solo para ser correctos, sino para dejar una impresión. Para quedarse. Durante años, su nombre funcionó casi como una categoría propia: cuando estaba detrás de un proyecto, se sabía que allí habría ambición, control y una idea muy clara del placer. porque
Por eso también fue una figura discutida. Y quizá esa sea una de las pruebas más claras de que importó de verdad. A los personajes irrelevantes no se les debate. Rolland sí generó adhesiones, resistencias, imitaciones y respuestas. Hubo quien vio en él a un maestro del ensamblaje y de la lectura del viñedo. Hubo quien le reprochó haber empujado ciertos vinos internacionales hacia una estética demasiado reconocible. Pero incluso sus críticos tuvieron que admitir algo: tenía un paladar extraordinario y una capacidad fuera de lo común para llevar un vino hacia su punto más expresivo. porque
En California llegaron a llamarle “Master Blender”.
En Burdeos fue mucho más que un consultor célebre. Y en países como Argentina, España o Sudáfrica dejó una huella visible en proyectos que buscaban elevar su nivel, afinar su identidad o simplemente encontrar una voz más nítida. Su influencia fue tan amplia que, durante años, resultó difícil contar la historia reciente del vino de alta gama sin que su apellido apareciera en algún momento. además
Pero por debajo del personaje, del prestigio y del debate, había algo más interesante. Había una energía. Los obituarios publicados estos días insisten en su vitalidad, su ironía, su generosidad, su entusiasmo y su necesidad casi física de seguir catando, viajando y mezclando vinos hasta el final. Hay algo hermoso en esa imagen: un hombre al que todo podía dolerle menos el momento de sentarse a probar ocho copas y decidir un ensamblaje. Esa escena, por sí sola, ya explica bastante. además
Quizá por eso resulta tan tentador escribir sobre él desde la botella y no desde la biografía. Porque sus vinos parecían contener una forma de estar en el mundo. Había en ellos convicción, sí, pero también una cierta alegría de vivir. Un rechazo frontal a la tibieza. Una manera de decir que la técnica solo tiene sentido si acaba transformándose en emoción, en deseo de repetir, en memoria. además
No puedo despedirle como quien pierde a un amigo. No sería verdad. Pero sí como quien reconoce una voz. Y eso también tiene valor. En un mundo donde abundan las etiquetas, las modas, los discursos prestados y las imposturas bien vestidas, Michel Rolland consiguió algo raro: que su firma no dependiera del marketing, sino de una percepción. De una sensación inmediata. De ese instante en que una copa parece decirte que detrás hubo alguien con criterio, con oficio y con un gusto inconfundible por la intensidad bien afinada.
Hay enólogos que hacen buenos vinos. Hay otros que cambian bodegas. Y luego están los que modifican la conversación. Michel Rolland fue uno de esos. además
No porque todos pensaran como él. No porque todos quisieran parecerse a él. Sino porque obligó al vino a hablar de otra manera. Y quizá esa sea una de las formas más altas de permanencia. No dejar solo un nombre. Dejar un lenguaje. además





