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♦♦Argentina de norte a sur sin salir de Madrid

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Del sol de Salta al viento de la Patagonia, el vino argentino desplegó su geografía en pleno centro de Madrid. Un recorrido conducido por Valeria Gamper y Vinology, donde el Malbec compartió protagonismo con un país que tiene mucho más que contar. Hay quien necesita quince horas de avión para viajar a Argentina. Otros tuvimos suficiente con acercarnos a la Gran Vía madrileña, sentarnos frente a unas copas y dejarnos llevar. Sin jet lag, sin maletas extraviadas y, afortunadamente, sin turbulencias.

El destino era Argentina. El punto de partida, el Hotel Nômade Temple de Madrid. Allí se celebró, el 19 de octubre, el II Salón de Vinos de Argentina en España. Nuestra guía fue Valeria Gamper, DipWSET, encargada de conducir la cata Argentina de Norte a Sur.

Lo que podría haber sido otro recorrido por variedades, añadas y bodegas se convirtió en una magnífica lección de geografía del vino. Gamper tiene una virtud poco frecuente: sabe muchísimo y, mejor todavía, sabe explicarlo. Gracias a su capacidad docente, pudimos comprender las diferencias entre regiones sin necesidad de llevar un tratado de geología debajo del brazo.

Porque Argentina, vista desde una copa, resulta bastante más compleja que ese Malbec que ha conquistado las cartas de vino de medio mundo.

Salta, donde las viñas parecen tocar el cielo

Nuestro viaje comenzó en el norte, entre montañas y viñedos que desafían la lógica de la altitud.

En los Valles Calchaquíes, entre Salta, Tucumán y Catamarca, la vid convive con una intensa radiación solar. Las lluvias son escasas y las diferencias de temperatura entre el día y la noche resultan acusadas. Aquí el paisaje tiene poco que ver con la imagen europea del viñedo.

Una de las paradas fue Colomé Estate Malbec, elaborado con uvas de cuatro fincas situadas a distintas alturas. La Brava, a 1.700 metros; Colomé, a 2.300; El Arenal, a 2.600, y Altura Máxima, a nada menos que 3.111 metros.

La misma variedad, cuatro altitudes y expresiones diferentes que terminan reuniéndose en una botella. Así resulta mucho más sencillo comprender cómo cambia el carácter de una uva según su procedencia.

El norte también es territorio del Torrontés Riojano. Esta variedad blanca, de marcada personalidad aromática, merece mayor atención internacional.

Aunque el Malbec siga acaparando los titulares, hay otras uvas argentinas esperando su turno de palabra.

Mendoza, mucho más que un apellido famoso

Después llegamos a Mendoza, el gran corazón del vino argentino. Esta región ha construido buena parte de la reputación internacional del país. Ahora busca explicar con mayor precisión las diferencias entre sus territorios.

Aquí entraron en escena las indicaciones geográficas y las denominaciones de origen controladas. Un asunto que Gamper abordó con admirable claridad. La legislación argentina de 1999 estableció un sistema para reconocer y proteger el origen de los vinos. Así, lugares como Luján de Cuyo, Agrelo, Gualtallary o San Carlos dejan de ser simples nombres en una etiqueta.

Luigi Bosca De Sangre Malbec DOC nos llevó hasta Luján de Cuyo. Por su parte, Rosaura Malbec, de Escorihuela Gascón, permitió detenernos en Agrelo y sus antiguos suelos fluviales. Lo interesante fue comprobar cómo una misma variedad puede producir vinos muy distintos. Influyen el lugar, la edad de las viñas y las decisiones que se toman en la bodega.

En el Valle de Uco aparecieron otras propuestas. Entre ellas, La Linterna Malbec, de Bemberg Estate Wines, procedente de Gualtallary, y Designado Cabernet Franc 2022, de Los Helechos, en Vista Flores. También conocimos As Bravas Malbec El Cepillo, de El Enemigo. Su elaboración tiene una particularidad: combina un 95 % de Malbec con un 5 % de Semillón, fermentados conjuntamente. Después, el vino pasa por una crianza prolongada en grandes fudres italianos centenarios.

Está claro que el vino argentino tampoco tiene intención de quedarse quieto en la bodega.

Un Chardonnay entre hierbas aromáticas y montañas

Quien todavía piense que Argentina es exclusivamente tierra de tintos debería detenerse en Botánico Chardonnay, de Zuccardi Valle de Uco. Procede de Monasterio, en Gualtallary, donde los viñedos crecen entre 1.360 y 1.385 metros de altitud. En el entorno encontramos jarilla, tomillo, retama y otras plantas propias de la zona. Su elaboración también tiene particularidades. Fermenta con levaduras propias de la uva y del entorno y envejece en depósitos de hormigón. Además, se prescinde de la fermentación maloláctica y del removido de las lías.El resultado es una manera diferente de interpretar el Chardonnay. Y abre una conversación sobre los blancos argentinos, todavía menos conocidos en España que sus tintos.

Las variedades criollas también tuvieron su momento. Su árbol genealógico, los cruces históricos y su presencia en los viñedos recuerdan que Argentina tiene una historia vinícola bastante más rica de lo que cuentan algunas campañas comerciales.

La Patagonia, donde el viento también hace vino

El último tramo nos llevó hacia el sur. Y aquí cambiaron las reglas del juego.

La Patagonia argentina ofrece otro paisaje. Los vientos son persistentes, las temperaturas más bajas y las zonas productoras se extienden por Neuquén, Río Negro y Chubut. En San Patricio del Chañar, en Neuquén, encontramos viñedos sobre antiguos depósitos de materiales arrastrados por el agua. Sus suelos combinan arena, arcilla y piedras.

Allí nos esperaba Del Fin del Mundo Single Vineyard Malbec, una interpretación de la variedad en estas latitudes. También apareció Saurus Barrel Fermented Malbec 2024, antes de llegar a uno de los paisajes más extremos del recorrido.

Otronia Chardonnay nos trasladó hasta Chubut, cerca del paralelo 45 sur. Allí, los fuertes vientos y las bajas temperaturas condicionan el cultivo de la vid.

Solo imaginar el trabajo en esos viñedos ya merece cierto respeto. La ubicación de las parcelas y su protección frente al viento importan mucho. También el momento de la vendimia. Por eso, el Chardonnay encuentra aquí un escenario muy diferente al de las regiones más cálidas del país.

Una buena profesora vale más que mil diapositivas

Durante hora y media recorrimos miles de kilómetros sin abandonar nuestras sillas. Comparamos regiones, descubrimos diferencias de altitud y conocimos mejor el sistema de clasificación de los vinos argentinos. Lo extraordinario fue la naturalidad con la que Valeria Gamper consiguió enlazar todos esos conocimientos.

Quienes asistimos habitualmente a catas sabemos que una presentación llena de cifras y explicaciones técnicas puede convertirse en una prueba de resistencia. Esta vez sucedió lo contrario. Cada mapa ayudaba a situar la siguiente copa. Cada vino encontraba sentido en el territorio que acabábamos de recorrer. Además, las explicaciones permitían comprender por qué la misma variedad puede expresarse de maneras tan diferentes. Ahí está la diferencia entre acumular información y saber transmitir conocimiento.

Terminamos el viaje en el mismo lugar donde habíamos empezado, en el centro de Madrid. Fuera seguía estando la Gran Vía, con sus turistas, sus tiendas y su tráfico. Dentro, acabábamos de recorrer Argentina de norte a sur. Y ni siquiera habíamos necesitado pasaporte.

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