Vinoble no es una feria para ir corriendo. Conviene llegar con libreta, paciencia y amigos cerca. También con ganas de equivocarse, volver a una mesa y preguntar otra vez. Porque en Vinoble 2026 no se trata solo de catar. Se trata de recordar.
La XIII edición se celebró en el Alcázar de Jerez, del 30 de mayo al 1 de junio. El lugar ya pone a una en situación. No es un recinto sin alma. Es piedra, patio, luz, historia y esa forma tan jerezana de hacer que hasta el silencio tenga crianza. Además, el salón reunió más de 800 referencias y 116 bodegas. Así que había que elegir. Y elegir, en Vinoble, siempre duele un poco.
Catar con método, aunque haya emoción
En Vinoble una aprende pronto que no puede llegar a todo. Por eso el visitante hace un ejercicio casi deportivo. Primero mira. Después huele. Luego prueba. Más tarde anota. Y, si tiene suerte, vuelve a ese vino que le ha dejado pensando.
Sin embargo, la memoria no trabaja sola. Necesita ayuda. Una nota rápida. Una foto de la botella. Una frase dicha por un amigo. Un “no te vayas sin probar esto”. En Vinoble, esas migas de pan son fundamentales. Porque, al final, no recuerdas solo el vino. También recuerdas con quién lo cataste.
El oloroso de Pérez Barquero
De todo lo probado, hay vinos que se quedan de pie. El oloroso de Pérez Barquero fue uno de ellos. Para mí, el más redondo de los que he catado. Y digo redondo con cuidado. No me refiero a fácil. Me refiero a completo. A sereno. A profundo. A un vino sin una arista fuera de sitio.
Tenía fruto seco, madera limpia, amplitud y una vejez muy bien llevada. Además, llenaba la boca sin ponerse pesado. Hay vinos viejos que quieren demostrar su edad. Este no. Este llegaba, se sentaba y ordenaba la conversación. Pérez Barquero recuerda por qué Montilla-Moriles merece más atención. Allí el tiempo no solo envejece. También educa.
Los 48 de Antonio Barbadillo
Otro descubrimiento fue los 48 de Antonio Barbadillo. Y más aún en magnum. Hay vinos que en formato grande parecen respirar mejor. Este tenía presencia, pausa y una forma muy bonita de crecer en la copa. No estaba en mi guion mental. Precisamente por eso me gustó tanto. En una feria llena de nombres grandes, todavía aparece un vino que te despierta. Lo pruebas, miras a quien tienes al lado y dices: “ojo con esto”. Ese tipo de hallazgos justifican Vinoble.
La colección de Alvear
La colección de Alvear no tiene precio. No lo digo como frase hecha. Lo digo porque algunos vinos no se pueden medir solo en euros. Se miden en historia, paciencia y emoción. Alvear, fundada en 1729, es una de las grandes casas de Montilla-Moriles. Sus vinos viejos explican una forma andaluza de entender el tiempo. Allí la Pedro Ximénez no es solo dulzor. También puede ser profundidad, sal, piel de naranja, café, especia y sombra. Además, acercarse a esa colección en Vinoble era casi una lección de humildad. Hay vinos que no se valoran deprisa. Se escuchan.
Un Marsala de 70 años
Y entonces aparece un Marsala de 70 años. Solo escribirlo ya impone un poco. Setenta años en una copa no se despachan con tres adjetivos. Hay que oler, probar, callar un momento y volver. Porque un vino así trae dulzor, oxidación, frutos secos, especias y una biografía larguísima. También recuerda algo importante. Vinoble no es solo Jerez, aunque Jerez sea el corazón emocional. En el Alcázar también caben Marsala, Oporto, Samos, dulces naturales, Montilla-Moriles y otros vinos históricos. Por eso la feria se vuelve más grande. No por tamaño, sino por memoria.
Williams & Humbert, parada obligatoria
En Vinoble hay mesas que no conviene dejar para luego. La de Williams & Humbert es una de ellas. Porque “luego” en Vinoble es una trampa. Luego te cruzas con alguien, más tarde entras en una cata, y cuando sales, un amigo te lleva a otra mesa. Luego se te va la tarde. Y, cuando quieres volver, ya no llegas. Así que conviene marcar algunas paradas desde el principio. Williams & Humbert estaba entre los expositores oficiales de esta edición y merecía visita. En una feria así, sus vinos ayudan a entender Jerez desde una casa histórica y con mucho fondo.
Ramiro y Willy, los imposibles necesarios
La cata de Ramiro Ibáñez fue excepcional. Ramiro tiene una forma muy suya de explicar Jerez. No suena a discurso aprendido. Suena a alguien que ha mirado el suelo, la viña y la historia hasta encontrar el hilo. Cuando habla, la albariza deja de ser palabra bonita y se vuelve paisaje real. Además, la cata ayudaba a entender algo básico. El vino no nace solo en la bodega. Nace antes. En el pago, en la orientación, en las manos y en la forma de leer una zona.
Después está Willy Pérez. Lo suyo en Vinoble es casi misión imposible. Siempre está lleno. Siempre llegas tarde. Siempre alguien te dice que fue increíble. Y tú te quedas con esa cara de haber perdido el último tren a un sitio importante. Pero eso también forma parte de la feria. Vinoble te enseña que no puedes abarcarlo todo. Catar también es elegir.
Amigos que te salvan la cata
Lo más bonito de Vinoble está en las botellas, sí. Pero no solo. También está en catar con amigos. Un vino cambia cuando lo pruebas con otros, entocés el vino deja de ser una ficha técnica. Se convierte en una escena.
Además, los amigos te salvan de perderte cosas. Te avisan. Te arrastran. Te dicen “ven”. A veces mandan más que el programa oficial. Y hacen bien. Porque Vinoble se recuerda mejor en compañía.






