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El mundo en Ormuz, España en el pasillo

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Hay semanas que parecen escritas por un mal novelista, con exceso de tragedia y poca sutileza. Esta, en cambio, la ha redactado un contable del Apocalipsis. El mundo ha vuelto a mirar a Ormuz, que no es un lugar, sino una amenaza con mapa. Allí sigue el petróleo haciendo de emperador tardío, y allí seguimos nosotros, civilización de surtidor y calefacción, fingiendo que la modernidad era digital cuando en realidad sigue siendo una cuestión de barcos, estrechos y humores militares. Reuters cuenta que la reapertura del paso no basta y que restaurar de verdad los flujos será lento, trabajoso y políticamente inseguro. El mundo, en suma, sigue funcionando con una tubería en el cuello.

Y, por tanto, todo lo demás se tiñe de crudo. Primero, los mercados. Luego, la inflación. Después, el miedo. La economía mundial vuelve a caminar como caminan los ancianos cuando notan humedad en los huesos: con prudencia y mala cara. El FMI ya ha enfriado el paisaje económico europeo por el impacto de la guerra sobre crecimiento e inflación, y basta oír el lenguaje de estos días para entender que hemos vuelto a esa vieja edad de la historia en la que cada conflicto lejano termina apareciendo en la cocina de casa con forma de factura.

La Tierra celebra su día con el barril en la mesa

Esta misma semana llega el Día de la Madre Tierra. La ONU lo plantea como una llamada de socorro del planeta. Habla de naturaleza dañada, océanos fatigados y un mundo que pide menos discurso y más obra. Muy bien. Muy justo. Sin embargo, la realidad comparece con una ironía magnífica y bastante obscena: celebramos a la Tierra mientras el petróleo vuelve a dictar el tono del siglo. La ecología pone el discurso. El barril pone el precio. Y entre ambos, el ciudadano paga la ronda.

La energía no se explica con estampitas

Y aquí conviene dejar de hablar como un anuncio con música de piano. Ni el petróleo es el demonio con corbata, ni el panel solar una hostia consagrada. Los paneles salen de vidrio, aluminio, polímeros, silicio y metales como la plata, y su cadena industrial está concentrada sobre todo en China. Los molinos salen de acero, hormigón, cobre, fibras compuestas y, a veces, tierras raras. Ambos pueden ocupar mal el territorio si se plantan donde no deben.

España, además, no es Texas con jamón: su fortaleza está en el refino, la logística y una red que incluso exporta productos petrolíferos. Repsol y las demás forman parte del andamiaje que evita que la dependencia sea puro desamparo. Por otro lado, Red Eléctrica subraya que más de la mitad de la generación eléctrica de 2025 fue renovable. O sea, dicho sin incienso ni pancarta: no vivimos gracias a un pozo patrio, sino gracias a una mezcla de importación, refino, reservas, industria y una electricidad cada vez más verde.

El mundo también entra por la despensa

Ahora bien, la geopolítica ya no se entiende solo con mapas militares. También se entiende con una cesta de la compra. Esta semana, por ejemplo, el chocolate ha dado una pequeña lección de historia universal. Barry Callebaut, uno de los grandes nombres del cacao industrial, ha rebajado sus previsiones entre problemas de suministro y desconcierto del mercado. Parece una noticia menor, de esas que uno hojea mientras busca otra cosa. Pero no lo es. Dice, con acento dulzón, que las guerras ya no solo encarecen el combustible. También amargan el postre.

Y ahí está el detalle que vuelve respetable a la sección de alimentación. El cacao, el café, el aceite, el gas, el pan, todo acaba siendo política cuando el mundo se pone nervioso. La despensa es el Parlamento verdadero de la vida contemporánea. Primero se tensa el estrecho, luego vacila la logística y, finalmente, el hogar recibe el titular con modales de ticket. La actualidad, por tanto, ya no solo se lee. También se mastica.

La ciencia trabaja mientras la política berrea

Mientras tanto, y por fortuna, la ciencia sigue teniendo modales. Llega el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, y esta vez no hace falta irse a ninguna feria de emprendedores con camisetas absurdas. Basta mirar a los laboratorios. Los NIH anunciaron hace unos días un avance importante en edición genética: un sistema CRISPR más pequeño y más apto para su entrega dentro del cuerpo, con potencial para ampliar tratamientos frente a enfermedades graves. Esa sí es creatividad. Lo demás suele ser márketing con anglicismos.

Además, la OMS ha puesto sobre la mesa nuevas hojas de ruta para varias familias de virus y bacterias con la idea de llegar mejor preparados a la próxima pandemia. La salud pública nunca tiene la épica del misil ni la fotogenia del mitin. Sin embargo, es bastante más civilizada. Mientras la política internacional busca enemigos, la medicina sigue buscando vacunas, terapias y tiempo de vida. Y eso, en estos días, resulta casi conmovedor.

Las vacunas, la diplomacia y otras formas de la inteligencia

Por si fuera poco, esta misma semana arranca la Semana Mundial de la Inmunización con un lema de una sencillez casi doméstica: “For every generation, vaccines work”. Es una frase humilde, casi de imán de nevera, y precisamente por eso tiene razón. Las vacunas no necesitan grandilocuencia. Necesitan continuidad, confianza y Estado. Igual que la diplomacia, a la que la ONU dedica su jornada como quien le enciende una vela a una virtud antigua y cada vez menos vistosa.

La comparación resulta inevitable. El planeta celebra la diplomacia en una semana de bronca global. Celebra la inmunización en una semana de miedos cruzados. Y celebra el conocimiento científico cuando media clase dirigente sigue comportándose como si la testosterona fuera un ministerio. La OMS, por cierto, ha sumado otra verdad útil: el Día Mundial del Paludismo llega con el lema “Now We Can. Now We Must.” Muy bien dicho. Porque el problema del mundo no suele ser la falta de medios. Suele ser la falta de voluntad.

España, país de pasillo, sumario y megafonía

Y luego está España, naturalmente, que no podía dejar pasar una semana turbulenta sin añadirle su propio género chico. Aquí la tensión no huele a crudo, sino a moqueta institucional, a micrófono mal apagado y a ese vapor agrio del pasillo del Congreso cuando los diputados salen a hacerse los ofendidos. El Gobierno sigue enredado con unos presupuestos que se retrasan porque la economía internacional aprieta y la mayoría parlamentaria se parece cada vez más a una mesa coja. España gobierna, a menudo, como quien improvisa una cena con invitados ya sentados.

A eso se suma el sainete serio de la regularización de inmigrantes. El Ejecutivo la defiende como una necesidad moral y económica. Las oficinas de extranjería respondieron con amenaza de huelga porque no daban abasto. Y ahí apareció otra vez el vicio nacional: anunciar lo histórico sin haber reforzado antes la ventanilla. Primero se redacta la justicia. Después se descubre que faltan manos, sellos y paciencia. El país quiere ser moderno, pero sigue tropezando con la administración como quien tropieza con una silla en la penumbra.

La izquierda se reúne y la derecha se ordena

Además, Barcelona ha servido estos días de escenario para una internacional progresista con deseo de resurrección. Miles de dirigentes y activistas de izquierda se reunieron para pensar cómo frenar a la extrema derecha y cómo volver a hablarle a una ciudadanía cansada de inflación, precariedad y sermones. La imagen tiene algo de liturgia y algo de terapia de grupo. Sánchez intenta ponerse al frente de una conversación global, mientras en casa sigue lidiando con la aritmética menuda de la política española. Así somos: aspiramos a la historia y tropezamos con la ferretería parlamentaria.

Entretanto, la otra noticia política de la semana la da Vox, que ha cerrado su primer acuerdo regional de coalición con el PP en Extremadura. No es solo una alianza autonómica. Es, también, un ensayo general con olor a futuro. La derecha se ordena mientras la izquierda se reúne a pensar cómo ordenarse. Y entre una cosa y la otra, el votante contempla el teatro con esa mezcla tan española de cansancio, ironía y resignación climatológica.

El apagón no se ha ido del todo

Por si faltaba un símbolo, sigue vivo el eco del gran apagón. La CNMC ha abierto investigaciones a grandes eléctricas y al operador del sistema por posibles incumplimientos vinculados a aquella jornada negra. En España, incluso la electricidad acaba convertida en novela coral. Se fue la luz y se encendió, de inmediato, la costumbre nacional de repartir culpas como quien reparte naipes marcados. Nadie pierde la ocasión de hacerse el inocente. Nadie desaprovecha la de señalar al vecino.

El libro, ese lujo silencioso

En medio de todo esto aparece el Día Mundial del Libro. Bendita interrupción. La UNESCO recuerda que los libros siguen siendo un puente entre generaciones y culturas y que Rabat es la capital mundial del libro en 2026. Qué frase más hermosa y qué ironía más fina para un país que usa el idioma como si fuera una pedrada con sintaxis. El libro propone conversación. La actualidad propone ruido. La literatura matiza. La política española subraya. A veces con fluorescente, a veces con saliva.

Por eso leer esta semana tiene algo de defensa propia. El libro no compite con el estruendo. Lo desenmascara. Frente al barril, al mitin y a la bronca, ofrece una pausa. Frente a la consignita de partido, una frase que piensa. Y frente a esta edad del sobresalto continuo, la vieja cortesía de una página que no necesita interrumpir a nadie para tener razón.

El resumen, si es que se puede resumir el temblor

Así que aquí estamos. El mundo oliendo a petróleo. La economía entrando por la despensa. La ciencia trabajando en silencio. La salud pública remendando el porvenir. Y España, mientras tanto, haciendo de España con una aplicación admirable: presupuestos en barbecho, extranjería al borde del colapso, la izquierda en congreso emocional, la derecha ensayando gobierno y la luz convertida en alegoría. Nada nuevo, salvo la intensidad.

El calendario había prometido creatividad, Tierra, libros, diplomacia y vacunas. Y algo de eso hubo, sí. Pero lo que de verdad hemos tenido es otra cosa: una semana de petróleo, despensa, laboratorio y bronca. O sea, una semana bastante fiel a su tiempo. Y además una semana útil para recordar que la energía no se discute bien ni con estampitas verdes ni con nostalgias fósiles, sino con materiales, territorio, industria y verdad.

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