Durante demasiado tiempo, hablar de Rioja era, para mucha gente, hablar casi solo de tintos. Como si los blancos estuvieran ahí, sí, pero en un segundo plano. Como esa actriz secundaria que entra poco en pantalla y acaba robándole la película a todo el reparto. Error de cálculo. Porque los vinos blancos de Rioja no son una moda repentina ni un capricho de terraceo bien vestido: son parte de la historia profunda de la denominación y, además, están viviendo un momento de forma espléndido. Rioja existe como Denominación de Origen desde 1925, la más antigua de España, aunque su cultura del vino se remonta a época romana. Y dentro de esa historia, los blancos siempre han estado ahí, con sus tiempos, sus silencios y sus regresos triunfales.
La diferencia es que ahora se les mira de otra manera. Ya no se espera de un blanco que sea solo fresco, ligero y obediente. Ahora se le pide complejidad, capacidad gastronómica, identidad y, en muchos casos, memoria. Rioja puede ofrecer todo eso porque sus blancos abarcan desde estilos jóvenes y afrutados hasta perfiles con volumen, lías, barrica, hormigón, guarda y un recorrido en botella que deja a más de uno con cara de “perdón, te había subestimado”. El propio Consejo Regulador destaca su acidez media-alta, su cuerpo y esa amplitud de estilos que permiten ir del blanco inmediato al blanco serio y longevo.
Rioja blanco no nació ayer
Los blancos de Rioja tienen tradición. Mucha. La viura, también llamada macabeo, es la variedad blanca principal y preferente de la denominación, y su envejecimiento en madera forma parte de la elaboración tradicional del blanco riojano. Durante años, el imaginario popular redujo el blanco de Rioja a una categoría demasiado estrecha. Pero Rioja no se quedó quieta. La denominación fue ampliando su abanico varietal y hoy conviven, además de la viura, uvas como malvasía, garnacha blanca, maturana blanca, tempranillo blanco, sauvignon blanc, verdejo o chardonnay. El resultado no es confusión, sino riqueza. No es ruido: es una orquesta afinada.
Y luego está el tempranillo blanco, que parece inventado por un guionista con ganas de dar un giro a mitad de temporada. Esta variedad única y autóctona procede de una mutación natural de un solo sarmiento de tempranillo tinto localizada en 1988 en Murillo del Río Leza. Aporta elevada intensidad aromática, buena acidez, equilibrio y una persistencia muy interesante. O sea: no vino a hacer bulto. Vino a quedarse.
La viura: de chica discreta a gran dama con biografía
La viura es, en muchos sentidos, la historia de una injusticia reparada. Durante años, hubo quien la vio como una uva correcta, útil, cumplidora, incluso demasiado prudente. Y, sin embargo, cuando se la trabaja bien y se le da tiempo, puede convertirse en un blanco de enorme clase. La viura riojana sirve tanto para vinos jóvenes como para crianzas, y su capacidad para envejecer con nobleza está en el ADN de la denominación.
Por eso funciona tan bien esa imagen de la adolescente que acaba siendo un cisne blanco. De joven puede parecer tímida, fresca, casi inocente. Pero con años, lías, barrica o simplemente reposo inteligente, la viura cambia de registro. Gana volumen, matices, profundidad. Se vuelve más compleja, más seria, más hermosa. Ya no necesita levantar la voz. Le basta con entrar en la copa y hacer callar a la mesa.
Y ahí está una de las claves del momento actual: hemos aprendido, por fin, a valorar que un blanco también puede contar el tiempo. Que un blanco también puede envejecer. Que un blanco también puede ser el vino importante de la noche, y no solo el que te tomas mientras decides qué pedir.
El gran cambio: ahora sí miramos a los blancos como se merecen
No es solo una sensación. En 2024, dentro del mercado nacional, los blancos de Rioja crecieron un 1,9%, y además ya venían de crecer un 7,13% en el balance anterior de la denominación. En un contexto general complicado para el vino, el dato no es menor. Es una señal. Una bastante clara. Rioja está vendiendo más blanco porque el consumidor quiere más blanco, pero también porque el blanco que se está haciendo merece más atención.
Y tiene lógica. El gusto contemporáneo busca frescura, sí, pero también precisión, origen y vinos que acompañen mejor la forma actual de comer. Más verduras, más pescado, más cocina mestiza, más barras con gracia, más platos que agradecen tensión y limpieza. El blanco ha dejado de ser “el otro vino” para convertirse en uno de los grandes protagonistas de la conversación.
Además, Rioja juega con ventaja. Tiene zonas frías, altitudes importantes, suelos diversos y bodegas que están reinterpretando el blanco desde muchos lenguajes: acero inoxidable, lías, barrica, hormigón, huevos de cemento, mezclas tradicionales, monovarietales, vinos de parcela y blancos de guarda. Dicho de otro modo: aquí hay repertorio.
Un salón para entender que Rioja blanco ya va muy en serio
El primer Salón Blancos de Rioja, impulsado por La Prensa del Rioja, llega precisamente en ese contexto: no para inventarse una tendencia, sino para ponerle foco, copa y escenario. Lo interesante del encuentro es que permite ver hasta qué punto la categoría se ha ensanchado. No hay un único blanco de Rioja. Hay muchos. Y eso es una magnífica noticia.
Hay sauvignon blanc de altura, viuras de guarda, tempranillos blancos con nervio, garnachas blancas con textura, ensamblajes clásicos y coupages más contemporáneos. Hay blancos que quieren gustar enseguida y blancos que parecen escritos para una segunda lectura. Algunos son perfectos para un aperitivo largo; otros piden mantel, cubiertos y una conversación que no se interrumpa con prisas.
Algunos blancos que conviene mirar de cerca
- Biurko Sauvignon Blanc 2025
Orgánico, de altura y con viñedo de montaña en Rioja Alta. Un blanco que entra como quien llega con zapatillas limpias y las ideas clarísimas. - Bagordi Blanco Fermentado en Barrica 2024
Un blanco gastronómico, con madera bien llevada y vocación de mesa. Tiene pinta de saber exactamente qué cubierto usar, pero sin resultar pesado. - Barón de Ley 2025
Viura, sauvignon blanc, verdejo y garnacha blanca en un ensamblaje poco habitual. Es el amigo que mezcla referencias raras y, contra todo pronóstico, siempre acierta. - Vega Vella Garnacha Blanca en Huevo de Hormigón 2023
Ecológico, con hormigón y mucha intención. Un blanco con textura y terruño, como esos personajes tranquilos que esconden bastante más de lo que cuentan. - Tuercebotas Tempranillo Blanco 2025
Procedente de una de las primeras plantaciones de la variedad, con lías y acero. Suena joven, sí, pero de esos jóvenes que ya te miran como diciendo “yo he venido preparado”. - Faustino I Gran Reserva Blanco 2021
Viura vieja y chardonnay, solo en años excelentes. Esto ya no va de sed: va de ceremonia, de calma y de poner el móvil boca abajo. - Bordón Blanco 2025
Tempranillo blanco y viura en clave frutal. Un blanco amable, nítido y fácil de querer, como una buena canción pop sin vergüenza de serlo. - Gonzalo de Berceo Tempranillo Blanco 2024
Barrica, altura y exposición noreste. Tiene ese punto serio y fino de quien no necesita hacer aspavientos para dejar huella. - Montecillo Garnacha Blanca 2023
Una interpretación personal y muy medida de la garnacha blanca. Parece delicado, pero luego te da conversación para toda la cena. - Las Planas 2019
Viura de guarda, barrica y una crianza larga. Este no entra en la sala: desciende por la escalera principal y todos se giran. - Tierras de Murillo 2025
Viura y tempranillo blanco desde viñedos viejos en vaso. Un vino con raíces, pero sin una sola arruga en el ánimo. - Paloma de Sacramento 2023
Viura, malvasía y garnacha blanca en barrica. Tiene algo de carta manuscrita: delicadeza, intención y ese encanto que no se fabrica deprisa. - Coto Mayor Blanco 2025
Sauvignon blanc de la finca Carbonera, a 840 metros. Es como abrir una ventana en agosto y que, por fin, entre aire fresco de verdad. - Marqués de Reinosa Tempranillo Blanco 2024
Fermentado en barrica y marcado por el paisaje de Autol. Un blanco con carácter de interior: menos exhibicionismo, más verdad. - Marqués de Tomares 2019
Reserva blanco con viura y garnacha blanca. Tiene alma de novela bien escrita: capas, ritmo y un final que mejora al releerlo. - Mi Lugar Blanco 2022
Tempranillo blanco de Sierra de Yerga. El nombre ya lo dice todo: cuando un vino encuentra su sitio, se nota. - GMT·125 2024
Garnacha blanca, maturana blanca y tempranillo blanco. Un trío con tensión, equilibrio y esa clase de química que no siempre sale, pero cuando sale, sale. - Valyerro Blanco 2025
Tempranillo blanco, garnacha blanca y sauvignon blanc, con paso por huevo de hormigón. Tiene sedosidad, sí, pero también nervio. Seda con criterio. - Valserrano Blanco Gran Reserva 2019
Viura vieja con un toque de chardonnay y clara vocación de guarda. Es un blanco para sentarse derecho y escuchar lo que tiene que decir. - Dominio de ARVS Garnacha Blanca 2024
Garnacha blanca desde viñedos históricos de Rioja Alta. Fresco, gastronómico y con esa naturalidad que suele ser síntoma de que todo está bien hecho. - Terroir de Zinio Tempranillo Blanco 2024
Barrica y 100% tempranillo blanco. Un homenaje a la variedad que no necesita nostalgia porque tiene presente y bastante futuro.
Lo mejor que le está pasando a los blancos de Rioja no es solo que crezcan, ni siquiera que se hablen más. Es que han dejado de justificarse. Ya no necesitan que nadie los defienda con condescendencia, como quien dice “pues oye, para ser blanco, está bien”. No. Están bien porque están bien. Porque hay trabajo, viñedo, criterio y una voluntad clara de elevar la categoría sin perder identidad.
Y ahí la viura vuelve a reinar. No sola, porque el paisaje actual es mucho más plural, pero sí como gran columna vertebral de una historia que Rioja nunca debió dejar que se contara en voz baja. La viura, cuando crece bien, no envejece: se afina. Como algunas mujeres, como algunos libros, como algunas canciones. Como esos vinos que no te gritan nada, pero se te quedan en la cabeza mucho después de haber vaciado la copa.






