La noche de los premios Vivir el Vino comenzó mucho antes de que se encendieran los focos del escenario. Nada más llegar, el photocall se convirtió en una pequeña celebración en sí misma: abrazos, reencuentros, miradas cómplices y esa sensación de estar entrando a un lugar donde el vino es el lenguaje común y la amistad, el verdadero hilo conductor.
No era un simple posado para la cámara; era un acto social cargado de cariño y profesionalidad. Elaboradores, periodistas, sumilleres y agencias del sector se mezclaban con naturalidad, como quien entra a una casa conocida. Se respiraba complicidad antes incluso de que empezara la ceremonia.
Luego llegó la entrega de premios, el momento formal de la noche, pero sin rigidez. Los galardonados, los ya célebres “Magníficos” de esta edición, subieron al escenario con elegancia y emoción contenida. Cada reconocimiento hablaba de viñas, de territorio y de años de trabajo silencioso detrás de cada botella.
Entre los nombres que subieron al escenario resonaron vinos muy distintos entre sí, pero unidos por una misma calidad. El Nebro 2022 de Finca Villacreces simbolizó la grandeza tranquila de Ribera del Duero. La trayectoria de Vintae recordó que el vino también se construye con visión y coherencia a lo largo del tiempo. Hermanos Sastre fue celebrada como bodega del año por su fidelidad al territorio y a una manera honesta de trabajar.
En los blancos brillaron Palacio de Bornos y el Albariño de Fefiñanes III Año 2022, dos miradas distintas, una más luminosa y otra más profunda, sobre lo que significa envejecer con elegancia. El rosado de Abad Dom Bueno aportó frescura y carácter. Apóstata 2020 recordó que el buen vino no necesita etiquetas grandilocuentes. Codorníu Ars Collecta 459 2010 mostró hasta dónde puede llegar el gran espumoso español.
Desde Jerez llegó la memoria líquida del Tío Pepe Cuatro Palmas, mientras que la elaboración especial de Patrick Murphy Bota Cayetana y la revelación de Martínez Lacuesta La Centenaria dejaron claro que la tradición y el riesgo pueden caminar juntos. Finalmente, Murviedro fue reconocida por su apuesta por la innovación y los valores que miran al futuro del sector.
Detrás de esas decisiones, se sentía el pulso de un equipo que conoce profundamente su oficio. Raúl Serrano, director de catas, estuvo presente en todo momento con esa mezcla de seriedad y pasión que garantiza que cada vino premiado tenga rigor y alma. Su criterio no es solo técnico: es cultural, sensible y profundamente respetuoso con el trabajo de las bodegas.
La gala tuvo un ritmo ágil gracias a Gema Santos, de la COPE, que condujo la velada con soltura y naturalidad. Supo acompañar cada entrega con calidez, mantener la atención del público y, sobre todo, crear un clima cercano en el que nadie se sintió distante ni intimidado.
Uno de los momentos más recordados fue el discurso final de Alberto Matos, director editorial de Vivir el Vino. No fue un cierre protocolario: fue un speech divertido, dinámico y sorprendentemente fresco, de esos que rara vez se escuchan en el mundo del vino, ni siquiera en eventos internacionales en Estados Unidos. Con humor inteligente y cariño hacia la profesión, consiguió que la sala entera riera y, al mismo tiempo, reflexionara sobre lo que significa hacer bien este trabajo.
Mientras todo esto sucedía en el escenario, el engranaje humano funcionaba a la perfección. Jorge y Belén estuvieron en cada detalle, siempre atentos, resolutivos y cercanos. Su presencia hizo que todo fluyera sin tensión: recibieron invitados, acompañaron a premiados y cuidaron cada momento con una discreción que solo tienen quienes trabajan con verdadera vocación.
Y cuando los aplausos terminaron, llegó quizá la parte más bonita de la noche: el gran encuentro colectivo.
Mesas llenas de vinos premiados, copas en mano y bandejas de embutidos y tortillas que devolvían al evento un sabor profundamente español. Ese contraste entre la alta calidad del vino y la sencillez de la comida creó un ambiente perfecto para conversar, compartir impresiones y prolongar la fiesta.
Allí se cruzaron grandes elaboradores con agencias del sector, viejos amigos con nuevas caras, y conversaciones que seguro seguirán más allá de esta velada. No era networking frío: era comunidad viva.
Lo que quedó claro es que Vivir el Vino no es solo una guía, ni una revista. Es un equipo serio, trabajador y respetado que, afortunadamente, también sabe reírse y disfrutar de lo que hace. Esa combinación de rigor y humor es su mayor fortaleza.
Fue una noche de vino, de oficio y de personas. Una noche que, como siempre, no te puedes perder.








