Hoy es martes y 13. Ese día del calendario que no viene marcado en rojo, pero debería venir directamente subrayado con sangre de dragón. El día que convierte a personas perfectamente racionales en expertos en astrología exprés, numerología de bar y lectura avanzada de señales cósmicas.
Porque no es un martes cualquiera. No. Es martes, el día dedicado a Marte, el dios romano de la guerra, de la destrucción. Ya solo con el nombre uno entiende por qué no es buen momento para casarse, embarcarse ni, en versión moderna, cambiar de operador telefónico.
Y luego está el trece. Ese número que entra en una habitación y lo estropea todo sin decir ni hola. Doce apóstoles, doce meses, doce signos del zodiaco… todo perfecto hasta que llega el trece como ese invitado que se presenta sin avisar y acaba durmiendo en tu sofá durante seis meses. En la Última Cena eran trece, y ya sabemos que aquello no terminó precisamente con brindis y tarta.
Mientras en Estados Unidos tiemblan con el viernes trece y se montan películas con señores enmascarados y machetes, aquí somos más finos. Nosotros tememos al martes trece, que es una cosa mucho más seria. Ya sabemos que viene avalada por generaciones de abuelas. No necesitamos Hollywood. Con un “hoy no salgas, hija” ya quedamos perfectamente aterrados.
Por si fuera poco, este día activa el modo superstición premium. Hoy no se pasa bajo escaleras, no se rompe ningún espejo, no se cruza ningún gato negro —al que, por cierto, siempre culpamos de todo—. Bajo ningún concepto se viste de amarillo si eres actor, no vaya a ser que acabes como Molière, que murió en escena y nos fastidió el color para siempre.
En martes y trece no se firman contratos, no se toman decisiones importantes y, sobre todo, no se intenta arreglar nada que funcione. Porque hoy el universo está esperando el momento exacto en que digas “esto lo cambio yo en cinco minutos” para responderte con tres horas de desesperación.
Así que lo mejor es tomárselo con filosofía. Si hoy todo sale mal, no es torpeza, no es mala planificación, no es que hayas enviado un correo a toda la empresa llamando “mamá” a tu jefe. Es martes y trece. Y, ya sabes, hoy ni te cases, ni te embarques.





