Madrid amanece con nieve y con un Día Nacional Sin Gluten que cae, caprichoso, justo en el segundo lunes de enero. Como si el calendario fuese un dietista con mala leche y el invierno, un panadero. Hoy la ciudad está en modo “pista de patinaje”. Europa también: aeropuertos a trompicones, carreteras con ese brillo traicionero del hielo, y algún tren que se queda tieso como una frase sin verbo.
Y mientras nos quitamos el frío de la bufanda, el mundo, que siempre va sin abrigo, entra en su semana temática de la ironía. Viene el Día Mundial de Lucha contra la Depresión (13 de enero), el Día Mundial del Chicle (también 13, masticando la ansiedad como si así se disolviera). También, el Día del Sticker (por ahí, pegado entre el 12 y el 13 según quién lo cuente: nada más contemporáneo que una efeméride con fecha discutible).
En el planeta, estos días, la depresión no es metáfora. Irán cruje en protesta, inflación, represión y apagón informativo. Un país en “modo avión”, mientras el poder dice “negociar sí” y “guerra también”. La geopolítica se ha vuelto ese chicle infinito: lo estiras, lo estiras, y al final se te pega en el zapato.
Gaza sigue con su alto el fuego de porcelana, bonito hasta que se te cae. Hay muertos y hay incidentes que pinchan la tregua como alfileres en un globo. Cada parte ofrece su versión y la verdad se queda allí, en el suelo, como un juguete roto.
Y Ucrania, que ya no es noticia sino estación del año, se mueve en la mesa de las garantías. Reuniones, declaraciones, ese lenguaje de planos y vigas que intenta sonar a arquitectura de seguridad mientras el suelo tiembla. Los diplomáticos, como siempre, construyen con palabras, lo que luego la historia intenta no derribar.
En otro rincón del mapa, y de la cartera, Venezuela reaparece como gran promesa petrolera y gran pesadilla jurídica. Estados Unidos empuja a la inversión como quien empuja un sofá por la escalera.Todos sudan, nadie sabe si pasa por la puerta. Las petroleras piden cautela y los “traders” se adelantan. Desde España se sugiere que, si el marco lo permite, podría ampliarse con fuerza la producción.
Aquí, Sánchez anuncia que pedirá al Congreso apoyo para un posible despliegue de tropas de paz en Palestina “cuando se avance en la pacificación”. España, de pronto, quiere estar en el plano de la reconstrucción, no solo en el titular. Es una frase que suena a “ser adultos”, con todo lo que eso implica: responsabilidad, coste, y esa incomodidad de tener que elegir el tamaño de la manta.
Luego está el dinero. Sí, ese dios laico al que también le han puesto efeméride, aunque no lo admita. En la eurozona, la inflación roza el objetivo y el BCE se permite el lujo de parecer sereno, como si el monstruo de precios estuviera, por fin, sentado. Pero en Estados Unidos el guion se vuelve de thriller. Choque político e institucional alrededor de la Reserva Federal, reacción en mercados, refugio en el oro, nervios en el dólar. Y por si faltaba surrealismo: se agita el debate sobre capar los intereses de las tarjetas. Con esto, la banca tiembla como un castillo de naipes en un salón con corriente.
Hasta aquí, dirás, el parte meteorológico del desánimo. Por eso el calendario, que a veces es un amigo, nos mete oxígeno. Llega el 14 de enero, Día Mundial de la Lógica, esa invitación a pensar con limpieza en un mundo que a menudo razona con barro. Y llega también el Día Internacional de la Cometa, para recordar que todavía se puede tirar de un hilo y ver algo subir.
Ese mismo 14, alguien en América celebra el Día de Vestir a tu Mascota y otro el sándwich de pastrami caliente. Es decir: el mundo es capaz de ponerse serio con una guerra y, a la vez, discutir si al perro le queda mejor el jersey azul o el rojo. La humanidad es esto: contradicción con patas.
El 15 es el Día del Sombrero y el Día de la Booch (kombucha). Dos maneras de taparse la cabeza o de fingir salud. Y el 16, ya sin complejos, entramos en la liturgia ibérica: Día Internacional de la Croqueta. Bendita bechamel, que es diplomacia: mezcla lo que parecía imposible, lo pasa por pan rallado y lo hace convivir en el mismo plato. Ese 16 también es el Día de la Comida Picante, para que el cuerpo recuerde que sigue vivo.
¿Y Los Beatles? Hay quien insiste en celebrarlos como “día internacional” por estas fechas, pero hasta el mito necesita fact-checking. A veces la efeméride es más rumor que verdad, y el calendario también se contagia de internet.
En cultura, la semana trae alfombra roja: temporada de premios, estrellas y discursos. Hollywood reparte estatuillas mientras el planeta se reparte sustos. El contraste es tan antiguo como el circo romano, pero no por eso deja de funcionar.
Y aquí entra Rosalía, con LUX como si alguien hubiera encendido una lámpara barroca en mitad del telediario. Ya no es “disco”: es conversación, es estética, es liturgia pop. Una mezcla de brillo y sombra, de iglesia y club, de oración y pulso electrónico. En un mundo que se apaga a ratos, Rosalía propone luz, aunque sea una luz de neón sagrado. Y eso, sin resolver nada, al menos nos devuelve una sensación: que todavía se puede inventar belleza sin pedir permiso.
Lo positivo, que lo hay, aunque cueste, no es solo un estribillo. Está en la ciencia: el telescopio, ese ojo paciente, encuentra pistas nuevas sobre estrellas viejas, y el universo sigue teniendo secretos que se resuelven sin bombas, solo con observación y tiempo. Y está en la tecnología, con promesas grandes (y miedos grandes) alrededor de la inteligencia artificial: lo preocupante es el vértigo; lo esperanzador, el potencial de hacer mejor la medicina, la energía, la investigación, siempre que la política no lo convierta todo en trinchera.
En salud pública, la semana recuerda lo obvio: seguimos siendo cuerpo. Los virus respiratorios vuelven con sus oleadas, y en los conflictos se deteriora lo más básico: la atención sanitaria, el acceso a medicamentos, la vida cotidiana. Son noticias duras, sí, pero también son brújula: nombrar el problema es el primer gesto de cuidado.
Así que, si el Día Mundial de la Nieve y el Día Mundial de la Religión nos pillan con el ánimo bajo. Bueno, al menos tenemos un manual de supervivencia. Un poco de lógica (14), una cometa (14), un sombrero (15), una croqueta (16), algo picante (16). ¡Ah!, y el 18 Winnie the Pooh, que es la filosofía definitiva: la amistad como miel y el miedo como burrito gris que también merece silla en la mesa.
Porque el mundo, esta semana más que nunca, parece escrito por un editor que alterna tragedia y chiste para que no nos vayamos del periódico. Y quizá esa sea la única victoria cotidiana: seguir leyendo, seguir pensando, seguir cantando LUX sin olvidar que fuera hay gente viviendo a oscuras. Y, aun así, levantar la vista: que también hay cosas que suben. Como las cometas. Como algunas canciones.





