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♦♦Leonardo da Vinci: el hombre que no inventó el sacacorchos, pero sí tuvo viñas

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Leonardo da Vinci no fue un genio. Fue una molestia permanente para el resto de la humanidad. Mientras los demás aprendían a firmar, él ya estaba dibujando máquinas que parecían salidas de un after con Galileo. Pintaba vírgenes con sonrisa de psicoanalista, destripaba cadáveres con método científico y, entre códice y códice, cultivaba viñas. Porque claro. Porque uno no puede sostener el Renacimiento sin una copa a mano.

Cuando Leonardo estaba en Milán pintando La Última Cena, esa mesa donde nadie sonríe y todos parecen deber dinero, el duque Ludovico Sforza, hombre práctico y poco dado a los sobres, decidió pagarle con un viñedo.

Una hectárea entera de Malvasía, al ladito de la Casa degli Atellani. No es romanticismo. Es inmobiliaria líquida.

Leonardo da Vinci, que no era tonto, lo cuidó, lo defendió, lo reclamó cuando llegaron los franceses y, para rizar el rizo de la burguesía ilustrada, lo incluyó en su testamento. Dividió la viña entre su aprendiz Salai y su criado. Ni herencias ni criptomonedas: uvas.

Hoy ese viñedo ha sido replantado con las mismas cepas. Uno pasea por allí y puede pensar: “En este mismo suelo Leonardo se quitaba las botas y pensaba en hélices”.

Internet asegura que Leonardo inventó el sacacorchos. Internet también asegura que Cleopatra era influencer. No. Leonardo no diseñó ningún sacacorchos reconocible. Ni uno. Ni un triste tornillo para rescatar corchos rebeldes.

Tenía bocetos de carros autopropulsados, hombres voladores y máquinas que hoy llamaríamos startups imposibles, pero no se molestó en facilitarnos la apertura de botellas. Un genio tiene prioridades.

Eso sí: sabía decantar, sabía servir, y sabía que el vino se bebe con comida. O sea, lo más importante del mundo sin necesidad de artilugios.

Leonardo escribía al revés. No por estética, sino porque era zurdo y no quería emborronar la tinta. Escribía como se beben algunos vinos: de derecha a izquierda y sin pedir permiso.

Vivió rodeado de olivares y viñas desde niño. En la Toscana, donde el paisaje no se contempla: se mastica.

Era incapaz de acabar muchos proyectos porque siempre estaba pensando en el siguiente. Como un bodeguero moderno: vendimiando una añada mientras sueña con la próxima.

Leonardo entendía algo que ahora repetimos en ferias y congresos como si fuera nuevo:
que la tierra no es un soporte, es un discurso.

Su viñedo no era un capricho. Era laboratorio. Malvasía aromática, suelo milanés, clima inestable y cabeza en órbita. Mientras otros artistas firmaban frescos, él firmaba parcelas.

Leonardo no nos dejó la herramienta para abrir la botella. Nos dejó algo mucho más molesto: la sensación de que lo estábamos haciendo todo mal.

Porque mientras hoy discutimos si el vino se oxida o no, él ya estaba pensando en cómo el hombre podría volar después de la sobremesa. Y eso, francamente, se merece una copa.
Aunque tengamos que abrirla a la antigua usanza.

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