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Melody, el Papa y el vino, crónica de un país que canta, reza y bebe

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Yo he venido a hablar de España. De esa España que canta en Eurovisión mientras le cortan las alas, de esa España que mira al Vaticano buscando milagros de última hora, de esa España que se sienta en una terraza con una copa de tinto mientras cae el mundo. Porque en este país ya no se reza, ni se vota, ni se ama sin un poco de Rioja en la garganta.

Empecemos por el principio, que en España siempre es el drama.

Melody fue a Eurovisión como quien va a la comunión de su prima: con ilusión, con brillo y con la certeza de que nadie la va a mirar si no lleva tacones de vértigo. Cantó como canta quien se ha criado entre radiocasetes y tardes de Canal Sur. Pero Europa, ingrata y muda, la dejó penúltima. Como a ese vino que nunca se menciona pero que todo el mundo bebe en las bodas.

Dicen que no fue por la canción. Ni por el vestido. Ni por la coreografía que parecía sacada de una tarde de verbena en Chipiona. Dicen que fue por política. Porque en España somos tan hábiles que, hasta cuando cantamos, nos metemos en política internacional. RTVE soltó unos comentarios sobre Israel y Palestina, y en lugar de la paz, lo que cayó fue la puntuación. El jurado votó con la diplomacia de un embajador en cóctel.

Y Melody, que ya ha visto más cámaras que los juzgados, lo encajó como una señora. Dijo: “Que viva el arte y la música, aunque a veces prevalezcan otras cosas”. Y una, que ya ha vivido Eurovisiones con peor entonación y más lentejuelas, no puede sino darle la razón. Porque España no pierde con deshonra, pierde con clase.

Y mientras Melody lloraba con dignidad y laca, en el Vaticano se escuchaba la frase más antigua del mundo: Habemus Papam. Esta vez, León XIV. Robert Prevost, nacido en Estados Unidos, criado entre agustinos y adoptado por el Perú. Un Papa transcontinental. Una mezcla de Fray Luis de León con reguetón bajo el alba.

El nuevo pontífice ha dicho que hay que reconciliarse. Que hay que tender puentes. Que hay que caminar juntos. Lo que viene a significar, en lenguaje laico, que a ver si dejamos de pelearnos y nos sentamos a hablar como personas. A poder ser con una copa de vino delante. Porque sin vino, no hay diálogo, ni comunión, ni siquiera misa cantada.

Y mientras Roma se perfuma con incienso y cardenales, en España se huele a cocido y a uva prensada. El Papa bendice, pero aquí lo que nos salva es la fermentación bien hecha.

Alicante ha sido nombrada Capital Gastronómica de España 2025. Y no es casualidad. Mientras otros hacen política de salón, Alicante hace política de plato. Con arroz con costra, con gamba roja y con esos vinos blancos que no quieren ser franceses. España está cansada de que le digan cómo tiene que cocinar. Y Alicante responde como se responde aquí: con caldero y cuchara.

En Córdoba, la Cata del Vino se reinventa. Ya no es la fiesta de siempre, ahora es negocio. Han cambiado el formato, han subido el precio, han vendido más. Porque el vino, como el amor y los gobiernos, necesita una nueva etiqueta cada cierto tiempo.

Y en Galicia, según se rumorea, se prepara una revolución blanca. No de votos. De albariños. Porque allí el vino no se bebe, se respeta. Se discute. Se sopesa como una tesis doctoral. Y se termina con la misma duda: ¿quedará otra botella?

Somos ese país que canta en español, reza en latín y cocina en dialecto propio. Ese país donde Melody no gana, pero emociona. Donde el vino se sirve en copa grande, pero se bebe a lo castizo.

España es contradictoria. Se persigna ante el Papa, se indigna con Eurovisión y se relaja con un Rueda. No sabemos a quién votar, pero sí sabemos qué jamón comprar. No entendemos los tratados de paz, pero reconocemos el retrogusto de un crianza de Toro.

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