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Los cursis también beben champán

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Hay personas que no beben. Que interpretan la bebida. La teatralizan. Que la convierten en opereta de meñiques alzados, copas incorrectas y miradas de autosatisfacción como de haber inventado el champán. Esos son los cursis. Los de verdad. Los eternos.

Estos cursis no han muerto, han mutado. Ahora hacen brunch. Publican stories de su copa flauta en la terraza de moda con un “cheers!” en tipografía cursiva y emoji de burbuja. Beben rosado porque lo vieron en una serie de moda, y comen langostinos con cuchillo y tenedor, no por etiqueta, sino por esnobismo digital. Un langostino decente no se degusta: se desnuda. Con las manos. Como el amor.

El cursi es ese que se acerca a la barra y pregunta si el albariño es vegano. Que se sienta con las piernas cruzadas y las convicciones torcidas. Que en las bodas brinda con cava pero dice “champán”, aunque piense que un “blac de blancs” es un refresco con burbujas.

Paco Umbral ya lo decía: el cursi es una categoría estética, una enfermedad venial del alma. El que se cree original por llevar pajarita con camiseta. Aquel que cita a Baudelaire sin haber leído más que la contraportada. El que pide un whisky “en vaso bajo, por favor”, como si le fuera la vida en ello. Y luego alza el dedo meñique para que veamos que ha hecho primero de teatro. Y luego de máster.

Hay cursis de gimnasio que toman kombucha como si fueran alquimistas del bienestar. Los hay de vino natural, que van a las ferias a hacer stories con filtros de campo y frase de Coelho. Hay cursis que lo son hasta en la sobriedad: que piden agua con gas y limón “por favor, con piel, no con pulpa”, como si eso los salvara del aburrimiento de su alma sin rock.

Y los cursis, claro, están en las catas. En primera fila. Anotando palabras que no entienden: umami, estructura, tanino sedoso. Te miran como si fuesen sumilleres de la Sorbona. Pero no sabrían decirte qué vino armoniza con un buen chorizo. Porque eso no lo dice The New Yorker.

¿Y qué copa usan? Siempre flauta. Fina. Inestable. De esas que no dejan oler el vino, pero sí ver cómo se agita su ego. No saben que una buena copa de vino respira, como respiran los poemas: con aire, con pausa, con hondura. Pero da igual. Lo suyo es posar, no beber. Fingir elegancia aunque se deslicen como mantequilla derretida sobre canapé.

Lo peor del cursi no es su forma de vestir, ni de hablar, ni de elegir champán como quien elige colonia. Lo peor es que no disfrutan. Son esclavos de la estética impostada. No mojan pan. Ni se chupan los dedos. Ni brindan de verdad.

Nosotros, en cambio, sí. Bebemos con copa buena y mano firme. Pelamos langostinos con fe y con risa. Nos tomamos en serio el beber, pero no tanto a nosotros mismos. Porque una copa de champán no necesita filtros. Necesita amigos. O un amante. Tal vez una canción. O un martes.

Así que, querido lector, si alguna vez te sorprendes bebiendo champán en flauta con el meñique levantado, piénsatelo. Tal vez lo tuyo no sea el vino. Tal vez lo tuyo sea el postureo. Y de eso ya tenemos suficiente.

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