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♦♦¿Puede el vino sobrevivir a la cultura del bienestar?

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La pregunta no es si el vino es bueno o malo. La pregunta es si puede seguir siendo culturalmente legítimo en una época que mide todo en biomarcadores. Y aquí España juega una carta que casi nadie recuerda fuera del sector: en España el vino está tipificado legalmente como alimento. No como droga. No como vicio. Como alimento.

El vino, jurídicamente, no es “solo alcohol”

El vino está incluido en el marco de la legislación alimentaria española y europea. Se rige por normas de seguridad alimentaria, etiquetado, trazabilidad y calidad, igual que el pan, el queso o el aceite de oliva.

Eso no elimina el riesgo del alcohol. Pero cambia radicalmente el plano del debate. El vino no nace para la evasión. Nace para la mesa.

El choque con la cultura del bienestar

La cultura del bienestar es clara:

  • La OMS recuerda que el alcohol es un carcinógeno y que no existe un nivel de consumo completamente exento de riesgo.
  • Los estudios de carga global de enfermedad sitúan el nivel de menor riesgo teórico en 0.

Eso es ciencia. Y el vino no debe discutirla.

Pero en España la conversación no puede reducirse a miligramos de etanol por litro.
Porque aquí el vino no es un producto recreativo aislado: es parte estructural del patrón alimentario mediterráneo. No se bebe “para beber”. Se bebe para comer mejor.

Un matiz que Europa empieza a perder

Mientras en Reino Unido o países nórdicos el alcohol se asocia sobre todo a ocio nocturno, binge drinking o escape social, en España sigue teniendo un anclaje gastronómico muy profundo.

Eso explica por qué fenómenos como el Dry January funcionan como campaña cultural, pero no generan aquí el mismo impacto estadístico que en UK.

El bienestar no está desplazando al vino en España. Está obligándolo a redefinir su papel.

De la cantidad al sentido

El verdadero problema del vino no es que la gente beba menos. Es que deje de entender por qué bebe. La cultura del bienestar no destruye el placer. Destruye el automatismo. Y eso puede ser una oportunidad.

Beber menos. Beber mejor. Beber con comida. Beber con contexto.

Eso no es una derrota del vino. Es volver a su definición original como alimento cultural.

El error estratégico del sector

Negar el debate sanitario es suicida. Pero aceptar el marco anglosajón sin matices también. Porque el vino español no compite con la ginebra de moda. Compite con el pan, con el aceite, con el tiempo compartido.

Mientras el sector defienda el vino como alimento, no como vía de escape, tiene futuro.

Entonces, ¿sobrevive?

Sí. Pero solo si recuerda quién es. No una promesa de salud. No una trinchera contra la ciencia.

Sino algo más simple y más poderoso: un alimento fermentado que ha acompañado a la mesa durante dos mil años y que hoy, más que nunca, necesita ser bebido con cabeza para seguir siendo bebido con placer.

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