Hoy el Belén sigue firme como un tratado doméstico de resistencia. Las luces navideñas parpadean con vocación de eternidad y el mundo, como siempre, se empeña en recordarnos que la alegría es un paréntesis entre dos noticias malas.
Porque sí: la guerra no se ha ido de vacaciones. Ucrania ha vuelto a amanecer esta semana con drones y misiles cayendo como si el invierno fuera una excusa perfecta para ensayar la crueldad. Sin embargo, y esto no es poca cosa, al mismo tiempo se han producido contactos políticos reales para explorar un plan de paz. No es el final del horror, pero es el principio del idioma correcto: cuando los dirigentes vuelven a pronunciar la palabra negociación, algo se mueve en la maquinaria oxidada del mundo.
Mañana se celebra el Día del Bicarbonato. Y nunca una efeméride fue tan pertinente: para digerir la guerra, la inflación, la ansiedad colectiva y esa sensación de que todo cuesta un poco más que el año pasado, no estaría mal una cucharadita simbólica de alivio. El bicarbonato no arregla la historia, pero evita el ardor de estómago.
En Oriente Medio la tregua aguanta con respiración asistida. Llueve sobre Gaza, se inundan campamentos, se multiplican las urgencias. Pero esta semana, junto a la tragedia, ha habido algo que merece subrayado fino. Ayuda humanitaria llegando, cooperación internacional activándose, personas intentando salvar a otras personas sin preguntar por banderas. El Día del Tocino, que también cae mañana, debería celebrarse en silencio respetuoso. Porque hay noticias que, si no las acompañas de un trozo de realidad grasienta, no se sostienen.
La tecnología, que tantas veces ha sido la verbena del humo, ha decidido comportarse como adulto responsable. China ha propuesto reglas para controlar las inteligencias artificiales que imitan emociones. Traducido al idioma humano: que la máquina no se enamore de ti antes de que tú sepas a qué te estás suscribiendo. Eso merece champán. El 31 de diciembre, cuando el mundo celebre el Día del Champán, no brindemos solo por el año que se va, sino por cada algoritmo que no nos convierta en producto emocional.
En Silicon Valley también han entendido que el futuro no flota en la nube: pesa, consume energía y necesita enchufe. Nvidia se refuerza, Alphabet compra infraestructuras eléctricas. El porvenir ya no es una promesa, es una factura de la luz.
Mientras tanto, la ciencia ha logrado acelerar la búsqueda de nuevos antibióticos con sistemas automatizados. Robots trabajando para que dentro de unos años una infección no sea una sentencia. Para eso está el 1 de enero y su Bloody Mary Day: tomate para limpiar la conciencia, vodka para celebrar que seguimos inventando futuro.
España termina el año sin fuegos artificiales y con demasiadas facturas sobre la mesa. Crecemos, sí, pero a tirones. El paro sigue siendo de los más altos de Europa, los salarios corren detrás de los precios y la vivienda se ha convertido en una especie de deporte extremo. La macroeconomía sonríe en los informes, pero en la cocina de muchas casas el ánimo no llega a fin de mes. Por eso el 2 de enero, Día del Introvertido, será perfecto para encerrarnos un rato en silencio y pensar, sin consignas ni propaganda, en cómo demonios se reconstruye la confianza cuando los números no coinciden con la vida.
Y cuando el calendario se canse de noticias serias, nos lanzará azúcar. El 3, cerezas cubiertas de chocolate: la fruta que decidió salir de noche. El 5, víspera de Reyes, el glorioso Día de la Nata Montada, ese invento que tapa grietas emocionales con espuma blanca y nos hace creer que todo puede arreglarse con una nube dulce.
Luego vendrán los Reyes Magos, con su oro, su incienso y su mirra en versión carroza, y el país entero volverá a fingir que la magia existe. Y existirá, aunque sea durante una mañana.





